Saludos GIPEriojanos:
Ya comentamos en este blog la leyenda del Picuezo y la Picueza, que se sitúa en la localidad de riojabajeña de Autol. Volvemos a sus alrededores para hablaros de otra leyenda de la que es probable que habréis oído hablar, puede que incluso hayais leido gracias a su famoso autor español, o que hasta hayáis asistido a su representación. Me refiero a la leyenda del Miserere de la montaña de Gustavo Adolfo Bécquer.
El Miserere es uno de uno de los cuentos englobados dentro de 'Rimas y leyendas' del poeta y narrador sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836 - 1870), icono del romanticismo español. Fue publicado por primera vez el 17 de abril de 1862 en "El contemporáneo". Ha sido objeto de varias adaptaciones, siendo una de las más curiosas, conocidas y destacadas la realizada por Carlos Giménez en febrero de 1971 en forma de historieta dentro del número 8 de la revista "Trinca".
La trama se desarrolla en la época medieval, durante la noche de Jueves Santo, en la conocida abadía navarra de Fitero. Pero la leyenda está inspirada, muy seguramente, en el monasterio de Yerga, entre Autol y Grávalos. A continuación expondré un resumen de la leyenda (en cursiva y azul), pero si no han leído el original de Bécquer recomiendo se salten esta parte y lean el texto completo, al que podran acceder al final de este artículo.
Un afamado compositor llegó un día al monasterio, pidiendo asilo. Huía de su anterior vida de pecado y deseaba purgarlo escribiendo una música que contuviese el "salmo del miserere", el más hermoso y triste miserere que jamás se hubiera escrito, pero no conseguía terminarlo.
Entonces, uno de los frailes, le contó la antigua historia del miserere de la montaña: en el cercano monte, donde existió un primigenio monasterio, que fue destruido por la maldad de unos ladrones, se oía, en la noche de Jueves Santo, el más lastimero de los cánticos.
Intrigado y temeroso, decidió subir al monte dicha noche, para comprobar qué había de realidad en aquellas palabras. La oscuridad fue envolviendo al músico y, cuando fueron las once, éstas sonaron en las inexistentes campanas del destruido monasterio. Llegaron a él las palabras del lúgubre canto, entonadas por los asesinados frailes mientras el monasterio se reconstruye, acompañados por el ruido del viento en los árboles, el chocar de piedras y de huesos.
Fue tal el terror que le inspiró la escena, que perdió el conocimiento. Ya de regreso, intentó escribir la obra pero, al llegar al punto de su desvanecimiento, no podía continuar y murió afiebrado y enloquecido, sin poder terminar su maravilloso "Miserere".
Esta leyenda se puede relacionar con el antiguo mito de Anfión (hermano gemelo de Zeto, e hijo de Antíope y Zeus en la mitología griega), pues tiene su semejanza en que los dos utilizan el poder de la música en relación con las piedras, ya que Anfión tocaba la lira (regalada por Hermes) de tal manera que las piedras le seguían espontáneamente y se colocaban en su sitio en el muro de Tebas.
Miserere es el nombre que se da al salmo 50 de David en la Biblia, y esto se debe por empezar con dicha palabra en la versión latina o Vulgata. La versión cantada más conocida es de Allegri, y es a capella. Está escrita para dos coros, uno de cuatro voces y otro de cinco. El primer coro canta una versión simple del tema original y el otro, a cierta distancia, canta un comentario más elaborado. Desde su composición, el Miserere se canta en la Capilla Sixtina en la mañana del Miércoles y del Viernes Santo.
Esta es la letra traducida del Miserere que se cantaba antiguamente en las iglesias durante las misas de Semana Santa:
Misericordia, Dios mío;
tu gran clemencia me valga.
Lágrimas vierten mis ojos,
confusión tengo en el alma.
Por tu gran misericordia,
de mí ten piedad, Dios mío.
Borra mis iniquidades
porque estoy arrepentido.
Las manchas negras del alma
y aquel pecado que hice
lava, lávalo de nuevo,
que tanto, tanto me aflige.
Ahora yo reconozco
que mi pecado fue grande,
y su continuo recuerdo
me tiene triste y cobarde.
Contra ti sólo pequé.
En tu presencia he pecado.
Con el perdón que me otorgues
se callarán los malvados.
Atiende, que soy muy débil
y en pecado concebido.
El mal lo traigo heredado;
soy un pobre desvalido.
Yo me acuerdo de aquel tiempo
en que inocente vivía,
y conocí los arcanos
de tu gran sabiduría.
Hoy necesito que laves
con el hisopo mi alma.
Blanca quede como nieve
al influjo de tu gracia.
Háblame dulces palabras,
que despidan mis tristezas,
que me absuelvan y me alienten,
que restituyan mis fuerzas.
Aparta tu faz divina,
no mires a mis pecados.
Sírvelos fuera del alma,
que me tienen contristado.
Un corazón puro y casto
crea dentro de mi pecho,
y en los unos de mi alma,
viva el espíritu recto.
Mírame con buenos ojos,
no me arrojes de tu lado;
No me prives de tu gracia
ni de tus dones sagrados.
Devuélveme la alegría,
y tu amistad siempre amable,
y fortaleza de príncipe
para servirte constante.
Por el escándalo dado,
y que tanto se ha perdido,
enseñaré tus verdades,
combatiré a los impíos.
Líbrame, Dios, de las penas
que mis pecados merecen,
y mi lengua a tu justicia
celebrará para siempre.
Ábreme, Señor, mis labios
porque mi lengua te alabe,
y te adore y te venere
como a Dios y como padre.
Mi dolor, mi contrición,
será a ti más aceptable,
que todos los holocaustos
y confusiones legales.
Sacrificio a Dios muy grato
en mi alma atribulada,
y un corazón ya contrito
nunca su amor la rechaza.
Mírame aún con agrado,
y a tu pueblo con clemencia;
afianza tus murallas
y firme tu reino venga.
Haré entonces sacrificio
con toda suerte de gracia,
de amor, de paz y consuelo,
de justicia y alabanzas.
Desde 1994, y a cargo de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Autol, se representa el Miserere de la Montaña en donde se originó la leyenda, el monte Yerga en Autol, donde descansan los restos del monasterio cisterciense que en su momento inspiró a Béquer a escribir este relato. Al área de recreo con las ruinas (a 925 m de altura) se puede acceder desde el Corral del Portillo (865 m) o por una pista transitable para vehículos de 11km que parte cerca de Autol desde la carretera que une Autol con Aldeanueva del Ebro. Esta representación se lleva a cabo a finales de junio o principios de julio, por la noche, y en ella participan bastantes personas del pueblo, involucrando cada año a más gente (ya más de cincuenta). Aunque el fondo es el de Bécquer, el relato se ha tenido que adaptar para que su representación sea amena y resulte lo más 'realista' posible. Más información la podéis encontrar en http://www.elmisereredeyerga.org/ (gracias a Carlos F. Hernández Jimenez, alcalde de la Cofradia del Santisimo, en Autol, por hacernos llegar la modificación de la dirección de la página web). Podeís ver más fotografías de la representación desde este enlace. Y desde este otro enlace de Youtube podeis ver videos de esta representación.
Las ruinas del monasterio cisterciense del Monte de Yerga están en pleno monte a doce kilómetros de Autol, aunque están en la jurisdicción de Alfaro, y se limitan al ábside de la Iglesia y un par de dependencias mas construidas en mampostería y sillería. El monasterio, el primero fundado en España bajo la regla del Cister tras su expansión desde Francia, data de 1136, cuando un grupo de monjes del Cister, encabezados por el Abad Durango, llega a Santa Maria de Yerga. Venian desde el monasterio de Scala Dei (Francia) requeridos por el Rey de Castilla Alfonso VII, que les encarga la tarea de repoblar estas difíciles tierras, pues eran tierras fronterizas entre Navarra, Castilla y Aragón. Como era propio del carácter severo y eremita de dicha orden en sus comienzos, el paraje natural agreste y alejado de poblaciones, erá el idóneo en la cima de Yerga, donde mana una asombrosa fuente, dada la altitud. Pero no duró mucho el asentamiento y, probablemente debido a las duras condiciones del clima, debieron abandonar el lugar.
La Sierra de Yerga actúa de divisoria de aguas entre las cuencas de los ríos Cidacos (al norte) y Alhama (al sur), estableciendo una barrera natural entre las tierras de la Rioja Baja y las sierras ibéricas. Su máxima altura es el Gatún (1158 m), aunque es el monte Yerga (1101 m) su cumbre más conocida y la que le da nombre. Es conocida por montañeros y excursionistas de la Rioja Baja, y pueden disfrutarse de los densos carrascales contrastando con las tierras más cercanas al Ebro, en su mayoría ocupadas por viñas. También son dignas de mención las repoblaciones de pinos. El monte Yerga posee en su cima el mayor enjambre de antenas de toda La Rioja, encontrándose su cresta adornada por aerogeneradores.
Es en el año 1140 cuando los monjes marchan a Nienzabas, una villeta desierta en un llano allí cercano, con tierras donadas por Alfonso VII tras la mediación de dichos monjes para evitar la guerra entre el y Rey de Navarra García Ramírez IV, y en 1152 fundan un nuevo monasterio en Fitero, en el valle del Alhama (en la comarca navarra de La Ribera, a 23km de Tudela y 89 km de Logroño), que fue uno de los más importantes del Cister en España, con tierras mas dóciles y menos inhóspitas. El primitivo asentamiento de Yerga pasó a ser una granja cisterciense en régimen de alquiler. La edificación del segundo y definitivo monasterio de Fitero, comenzó en 1179 y su iglesia fue consagrada en 1247. Así, olvidadas y sepultadas por el bosque permanecían las ruinas en el monte de Yerga, hasta que en 1865, Bécquer, camino de Veruela (el Real Monasterio de Santa María de Veruela es una abadía cisterciense del siglo XII cerca de Vera de Moncayo, en la provincia de de Zaragoza), para en el monasterio de Fitero una temporada para reponer su delicada salud.
Dejando volar la imaginación podemos ver a Bécquer conociendo la antigua biblioteca de dicho monasterio, y sacando de los ancianos monjes los misterios y secretos que se esconden en los claustros. Así fue como Bécquer, movido por la búsqueda de lo misterioso, su gran afición, buscó y acaso por casualidad, encontró las ruinas del antiguo monasterio. Su alma de poeta comprendió al instante que dichas piedras guardaban un secreto, una maldición, una historia que contar, una historia de horror y muerte, que pueden leer aquí.
Más leyendas riojanas y casos parapsicológicos disponibles desde este INDICE. Dejas vuestros comentarios y opiniones libremente.
"La muerte es tu verdadera amiga, es la única que te saca de los problemas"
sábado, 8 de mayo de 2010
| [+/-] | Parapsicología en La Rioja: 'El Miserere de la montaña' de Gustavo Adolfo Bécquer (Monte de Yerga) |
jueves, 1 de enero de 2009
| [+/-] | EL MISERERE (Gustavo Adolfo Bécquer - 1862) |
(Recogido integramente de http://www.hs-augsburg.de/~harsch/hispanica/Cronologia/siglo19/Becquer/bec_ley0.html)
Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.
-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.
El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.
-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:
-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.
-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.
-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?
-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es ése?
-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble. Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida. Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.
-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?
-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:
-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:
-¿Y decís que ese portento se repite aún?
-Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.
-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.
Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.
Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:
-¡Está loco!
-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.
II
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.
Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:
Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata.
En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.
III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
-Sí -respondió el músico.
-¿Y qué tal os ha parecido?
-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:
-¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.
In peccatis concepit me mater mea
Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?
FIN






La Rioja (España)