Saludos GIPEriojanos:
Siguiendo con el artículo sobre la leyenda del 'Miserere de la Montaña' del ilustre escritor romántico del siglo XIX, Gustavo Adolfo Bécquer, comentaremos ahora otra leyenda suya, 'La Cueva de la Mora'. Recomendamos la lectura del artículo comentado, donde se presentó brevemente al escritor sevillano, sus 'Rimas y leyendas' y su relación con Fitero (Navarra) y el monasterio cisterciense.
La leyenda de 'La Cueva de la Mora' se sitúa en la localidad navarra de Fitero, con unos 2200 habitantes aproximadamente en 2009, y bañada por el río Alhama. Fitero se ubica en la comarca de La Ribera, en la merindad de Tudela, teniendo otras localidades limítrofes como Cintruénigo, Corella, o las riojanas Alfaro y Cervera del Río Alhama.
El origen de Fitero se remonta a la antigua villa romana de Tudején, localizada a los pies del monte Castillo, en frente de Baños de Fitero (escenario de la leyenda), y situada tres kilómetros al oeste de la actual localidad de Fitero. Fitero fue refundada a finales del siglo XV por el abad del monasterio de Santa María la Real, tras vivir la zona varios asentamientos documentados desde el siglo IX a.C. Se conserva el documento (1073) por el que el rey Sancho IV de Navarra cambió con el moro Al-Muqtadir Billah (Zaragoza), el castillo musulmán de Tudején por el cristiano de Caparroso. Ambos castillos acababan de cambiar de manos después de unas rápidas escaramuzas bélicas. Actualmente quedan poco más que unos amontonamientos de piedras del antiguo castillo.
En 1140, Alfonso VII el Emperador mando venir a Raimundo (posteriormente San Raimundo de Fitero), con una comunidad de monjes cistercienses procedentes de Scala Dei o l'Escaladieu en la Gascuña francesa. Así fundó una pequeña casa con iglesia dedicada a Santa María en el lugar de la desierta villa de Niencebas, situada en la falda meridional de la montaña de Yerga, jurisdicción hoy del pueblo de Alfaro, y en cuyas ruinas Bécquer imaginó su leyenda del 'Miserere de la Montaña'. En 1152 se convirtió en una granja cisterciense y pasó a régimen de alquiler, mientras la comunidad cisterciense se asentaba definitivamente en el lugar de Tudején conocido como Castellón. Aunque poco después pasó a ser conocido como el monasterio de Fitero o de la Frontera entre los tres reinos que allí confluían: Castilla, Pamplona y Aragón. La edificación del segundo y definitivo monasterio de Fitero, comenzó en 1179 y su iglesia fue consagrada en 1247, gracias a la ayuda del arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada.
En aquellos años, el pueblo estaba alejado del monasterio, concretamente junto a los baños termales, pero a partir del siglo XV se repobló la villa para aumentar la defensa del territorio y las nuevas casas se construyeron en torno a la abadía. Así, el de Fitero se convirtió en uno de los pocos monasterios cistercienses que están integrados en pleno pueblo.
Tanto la villa como los baños eran propiedad del cenobio y esto hizo que las diferencias y enfrentamientos entre pueblo y monasterio fuesen constantes. Era el abad quien designaba alcalde, regidores y otros cargos y, para escapar de este dominio, los vecinos trataron de fundar, en 1663, un nuevo pueblo llamado Villa Real. Los monjes lo impidieron y hubo motines y saqueos hasta que en 1836, con la Desamortización , Fitero se emancipó del monsterio. Ahora, algunas dependencias del cenobio tienen funciones no religiosas: la antigua hospedería monacal la ocupa el Ayuntamiento; las celdas son residencia de ancianos; el refectorio, Casa de Cultura y cine; y la biblioteca y cocina se han convertido en museo.
El monasterio es en la actualidad un conglomerado de edificaciones de diversas épocas, quedando entre las medievales la gran iglesia y la soberbia sala capitular. La iglesia es una de las mayores y más importantes del Císter español, con girola y cinco capillas absidales en la misma. Con diseño de cruz latina, consta de tres naves, con seis tramos y otra de crucero. Este templo fue nombrado Monumento Nacional en 1931 y es conocido como "Monasterio de Santa María la Real".
La cueva de la Mora está a unos dos kilómetros de Fitero, en un término conocido hoy como la dehesa del Castillo. Para llegar hasta allí, hay que tomar la carretera de Valverde, a la entrada del pueblo, cerca del puente sobre el río Alhama, y seguir a unos 150 metros el camino que se adentra entre huertas. De todos modos pongo un par de mapas con lugares de interés y una ruta por la zona recomendada desde esta página. Hace varios siglos, este camino iba a parar directamente al río, el cual discurría junto al cortado. Hoy, sin embargo, la ruta continúa por el cauce seco, al pie de este acantilado.
Situado en lo alto de un cortado, a unos 630 metros de altitud, este castillo fue muy importante en la antigüedad ya que desde él se dominaban todo el valle del Alhama, la entrada al valle del Ebro y la salida por los montes de la Rioja. En la otra orilla del Alhama se ven los baños de Fitero, y en medio del cauce, la peña del Saco, límite actual entre la Rioja y Navarra.
En este singular escenario cargado de historia, recogió Gustavo Adolfo Bécquer las dos leyendas que escribió sobre Fitero: el Miserere y la cueva de la Mora. El escritor sevillano visitó los baños de Fitero entre 1861 y 1868. Entonces, Bécquer trabajaba en la redacción del periódico madrileño «El Contemporáneo», donde publicó buena parte de sus Rimas y Leyendas.
Bécquer arrastraba desde hacía tiempo una enfermedad (mezcla de sífilis y tuberculosis), que le trataba su suegro. El centro termal de Fitero (antes llamado Baños de Tudején) estaba entonces en pleno auge. En 1846 se había descubierto una nueva fuente, y ello propició la apertura de un nuevo establecimiento, conocido entonces como Nuevos Baños de Fitero. Además de tomar las aguas, el escritor solía pasear por los alrededores del balneario, y hablaba con los lugareños de las historias del pueblo. Así fue como conoció esta y otras historias.
Ahora centrémonos en la leyenda en sí, de la que a continuación (en cursiva y en caracteres azules) haré un resumen, aunque recomiendo su lectura completa. Podéis acceder a ella desde este enlace
"Gustavo Adolfo Bécquer, que pasa una temporada en los baños de Fitero, dedica las tardes a pasear curioseando por las deterioradas ruinas del castillo de Tudején, en busca de alguna sorpresa que alimente su espíritu romántico. Un día deambulando a los pies de la roca del castillo, a orillas del río Alhama, descubre, medio escondida entre matorrales, la entrada de una cueva, que en una rápida inspección asocia a una salida subterránea desde el castillo.
Esa misma tarde, con ánimo de conseguir más información sobre su descubrimiento, traba conversación con un lugareño. El paisano afirma que no conoce a nadie que se haya atrevido a penetrar en ella debido a la existencia de un ánima o espíritu que sale de ella todas las noches en busca de agua. Bécquer, muy interesado, le incita a que se la relate completa. Y así Bécquer conoce la historia de un famoso caballero, tanto por su valentía como por su compromiso cristiano, que cayó prisionero de los árabes en el castillo de Tudején tras una batalla en sus cercanías.
Tras unos días cautivo en un calabozo, debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de las heridas sufridas en la batalla, fue puesto en libertad tras el pago del rescate por parte de sus hermanos de armas. Pero el caballero cristiano, en su encierro, llegó a ver a la hija del alcaide moro, famosa por su extrema belleza, enamorándose profundamente de ella.
Meses estuvo el caballero ideando su asalto al castillo, obsesionado, mientras sus compañeros imaginaban que la venganza era su motivación. Finalmente, con el alcaide y parte de sus tropas fuera del castillo, llegó el asalto y la ocupación cristiana del castillo. Entonces, se descubrió la verdadera y egoísta intención del caballero, logrando finalmente ser correspondido por la hija del alcaide, a pesar de las quejas de sus soldados.
Volvió el alcaide con un gran ejército, y acometieron contra el castillo, aunque se mostró inexpugnable a los múltiples intentos. Entonces los musulmanes se limitaron a cercar el castillo para que el hambre cristiana fuera su mejor aliada. Pero el alcaide pronto se impacientó y mando una furiosa carga a medianoche. En esta liza cayó muerto de un hachazo el alcaide moro, al tiempo que el caballero sufría un golpe mortal. La hermosa mora acudió en ayuda de su moribundo amado, y con una fuerza insólita lo arrastró hasta el subterráneo. El castillo estaba siendo tomado por los musulmanes, mucho más numerosos. El caballero, en su agonía final, clamó poder beber agua, con la sensación de estar abrasándose las entrañas.
Su amada, sabiendo que el subterráneo acababa cerca del río, y sin vacilar a pesar de estar los alrededores del castillo lleno de soldados musulmanes, salió en busca de agua fresca. Cuando recogió el agua, unos soldados percibieron movimiento y dispararon sus flechas en esa dirección, hiriendo de muerte a la joven. Llegó arrastrándose con sus últimas fuerzas y alientos hasta el caballero ofreciéndole el agua. Éste, al ver a su amor cubierta de sangre, declinó beber el agua que tanto ansiaba, y la ofreció convertirse en cristiana antes de morir. Ella aceptó, y él uso el agua para bautizarla en nombre de Dios Todopoderoso. A continuación, ambos fallecieron juntos, siendo descubiertos sus cadáveres al día siguiente tras seguir el rastro de sangre desde el río."
Aunque se trata de una leyenda, la cueva y las ruinas del castillo son reales y siguen en su sitio. Hoy, la boca de la cueva aparece desnuda de vegetación a media altura del cortado. En principio, la gruta no parece muy profunda, y acaba en un pozo, que hoy está cubierto de tierra. Sin embargo, hace tan solo medio siglo, según dicen en el pueblo, había una galería que continuaba hacia el interior. Ello probablemente hizo suponer a Bécquer que la cueva era en realidad un pasadizo subterráneo que ascendía hacia el castillo.
Según Serafín Olcoz (historiador de la zona), hace varios siglos el cauce del río rozaba el acantilado y la cueva podría servir para abastecerse de agua sin peligro. Estos montes están formados por tierras blandas como yesos, margas y arcillas, que favorecen la formación de cuevas y galerías. El que la cueva fuera la boca de un subterráneo no deja de ser una suposición ya que no hay noticias fehacientes de que esto fuera así. «Lo que sí sabemos es que aquella debía ser una cueva importante ya que figura en el siglo XII, como objeto de donación del rey Sancho III a uno de sus señores», añade Serafín Olcoz. «Posteriormente, la cueva pasaría a manos del Monasterio de Fitero, que fue el propietario de la mayor parte de estas tierras desde el siglo XII hasta el siglo XIX.»
El castillo debió ser edificado originariamente por los romanos. Luego, hubo en la zona un poblado visigodo, cuyos restos han aparecido en el monte Sancho Abarca, próximo a la cueva de la Mora. «Es posible incluso, que antes hubiera en toda esta zona un poblado celtíbero», añade Serafín Olcoz «Como el castillo está todavía sin excavar, no se sabe con certeza su origen, pero aquí han aparecido restos de distintas épocas». Lo que sí parece probado es que el castillo de Tudején estuvo vigente hasta la conquista e integración de Navarra en Castilla a principios del siglo XVI. «Entonces, la fortaleza pertenecía ya al Monasterio de Fitero, quien guardó el candado y la llave del mismo hasta fechas recientes. En el siglo XX este candado se guardaba en el museo de Navarra, aunque hace un tiempo que se le ha perdido la pista».
El 16 de agosto de 2009, hace un año, cerca de 700 personas presenciaron en la plaza de toros de Fitero la representación de esta leyenda del poeta Gustavo Adolfo Bécquer. La obra no se ponía sobre el escenario desde 2006. La obra, en la que actuaron 42 fiteranos, cambió su tradicional ubicación de la plaza de los Ábsides por la plaza de toros. Con el objetivo de recuperar los antecedentes históricos del pueblo, la obra contó con un presupuesto que rondó los 9.000 euros, si bien las empresas colaboradoras y los patrocinadores del evento se hicieron cargo de gran parte de la inversión, según indicaron desde la organización del espectáculo. Esta función se recuperó gracias a la creación de la asociación cultural Bécquer en Fitero. El año pasado formaban parte de la misma los 42 vecinos de la villa que se subieron al escenario para volver a ofrecer la leyenda a los asistentes y las 20 personas que se encargaron del vestuario, imágenes, música, luz y sonido, escenarios, maquillaje y venta de entradas.
Espero que os haya resultado interesante y no demasiado largo. He recogido datos de diferentes webs como la wikipedia, iberiarural o diariodenavarra. Os agradezco cualquier comentario. Podeis encontrar más leyendas aquí.
"La muerte es el comienzo de la inmortalidad"
lunes, 16 de agosto de 2010
| [+/-] | Parapsicología en La Rioja: 'La Cueva de la Mora' de Gustavo Adolfo Bécquer (Fitero) |
jueves, 1 de enero de 2009
| [+/-] | EL MISERERE (Gustavo Adolfo Bécquer - 1862) |
(Recogido integramente de http://www.hs-augsburg.de/~harsch/hispanica/Cronologia/siglo19/Becquer/bec_ley0.html)
Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.
-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.
El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.
-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:
-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.
-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.
-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?
-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es ése?
-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble. Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida. Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.
-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?
-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:
-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:
-¿Y decís que ese portento se repite aún?
-Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.
-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.
Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.
Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:
-¡Está loco!
-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.
II
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.
Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:
Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata.
En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.
III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
-Sí -respondió el músico.
-¿Y qué tal os ha parecido?
-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:
-¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.
In peccatis concepit me mater mea
Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?
FIN
| [+/-] | LA CUEVA DE LA MORA (Gustavo Adolfo Bécquer - 1863) |
(Recogido integramente de http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaEspanola/becquer/Leyendas/cuevadelamora.asp)
Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio, que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si sonaba a hueco y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones, con la idea de encontrar la entrada de alguno de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.
Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.
Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en los alto de la roca sobre la que se asienta el castillo, renuncié a subir a ella, y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor, separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que, después que anduve algunos pasos, vi era un subterráneo abierto a pico.
No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente los accidentes de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda, había descubierto uno de esos caminos secretos, tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas o coger, estando sitiados, el agua del río que corre allí inmediato.
Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes: de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
-¡Penetrar en la cueva de la Mora! -me dijo, como asombrado al oír mi pregunta-. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?
-¡Un ánima! -exclamé yo, sonriéndome-. ¿El ánima de quién?
- El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.
Por explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él había alguna historieta, y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo, a mi vez, se la voy a referir a mis lectores. Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, tuvo lugar junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte, hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verle, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su extraña melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero que cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer, ora hacía los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, hizo llamar a sus hombres de guerra y, después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole en el fondo de sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que, al fin, logró encender en el pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.
Y, en efecto, sucedió así: el alcaide allegó de los lugares comarcanos y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
El castillo podía llamarse con razón inexpugnable. Solo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta juraron perecer en su defensa.
Los moros impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con la ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo, moribundo, y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, se levantó una piedra como movida de un impulso sobrenatural y por la boca que dejó ver al levantarse, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al fondo del subterráneo.
Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío, y dijo:
-¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!
Y en su delirio precursor de la muerte, de sus labios secos, al pasar por los cuales silbaba la respiración sólo se oían salir estas palabras angustiosas:
-¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que, una vez rendida la fortaleza, buscaban en vano por todas partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio. Sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y exhaló un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparados sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su razón y, conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió sus ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía y, sin acercársela a los labios, preguntó a la mora:
-¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión y, si me salvo, salvarte conmigo?
La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal invocando el nombre del Todopoderoso.
Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.














La Rioja (España)